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Guatemala se vistió con flores de matilisguate el día que enterramos a Don Hilarión

Hilarión López Osorio era una persona que se caracterizaba por su dignidad y compromiso por la justicia. Nacido en 1938, vivió en carne propia todos los cambios drásticos de la historia moderna de Guatemala.

25/04/2019

Hilarión López Osorio era una persona que se caracterizaba por su dignidad y compromiso por la justicia. Nacido en 1938, vivió en carne propia todos los cambios drásticos de la historia moderna de Guatemala. Desde la comunidad de Choatalum, en el municipio de San Martín Jilotepeque, en el departamento de Chimaltenango, fue testigo del trabajo forzoso del régimen de Ubico. Vivió con esperanza la creación de los Comités Agrarios Locales y la promesa de una reforma agraria a raíz del decreto 900 del gobierno de Árbenz en 1952.

También vio con frustración que los cambios prometidos tardaban en llegar a las comunidades indígenas y que la dominación de los finqueros seguía intacta en su municipio. Cuando los golpistas apoyados por Estados Unidos sacaron del poder a Árbenz en 1954, entendió que el cambio esperado no iba a venir pronto. En 1958, don Hilarión fue obligado a servir como auxiliar para la alcaldía de San Martín Jilotepeque, cumpliendo cualquier orden que se daba, prestando sus servicios durante un año sin recibir ningún pago. A los que dicen que el trabajo forzoso terminó con la caída de Ubico, don Hilarión les hubiera dicho que no fue tan sencillo.

La vida en el campo era difícil y el gobierno hizo poco para aliviar las cargas de la gente. En 1979, cuando las familias de Choatalum sobrevivían migrando a la Costa Sur para trabajar en la zafra, el Ejército intervino en la comunidad y mató a todos los integrantes del Comité de Agua por atreverse a impulsar un proyecto de agua entubada para los vecinos. En el informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), Caso Ilustrativo N°. 50, los investigadores concluyen:

"En 1982 en San Martín Jilotepeque reinaba el terror. Se registraron reiteradas violaciones de los derechos humanos; incluso masacres, desapariciones forzadas y torturas; quemas de cadáveres, de viviendas, de animales, de cosechas, saqueos y otros abusos cometidos por elementos del Ejército."

La mayoría de habitantes de Choatalum huyeron a la montaña para escapar la violencia, pero ni así se lograron salvar. El informe de CEH habla de varias masacres en el municipio, llegando al extremo de la masacre del río de Pixcayá, el 18 de marzo de 1982, donde soldados del Ejército de Guatemala mataron a más de 300 personas, en su mayoría refugiados desplazados de Choatalum. «El río se tiñó de rojo con la sangre de los muertos», concluye el CEH.

Los que sobrevivieron el terror fueron obligados a regresar a Choatalum y vivir bajo el control del Ejército que se instaló en un destacamento en el centro de la comunidad. El poder local se concentró en Felipe Cusanero, un vecino que fue nombrado comisionado militar por el Ejército y que decidía sobre vida y muerte. Cuando el Ejército abandonó a la comunidad en 1996, la gente empezó a buscar a sus muertos. Exhumaron las tumbas clandestinas en la montaña para poder velar y sepultar a sus familiares y vecinos según sus costumbres. Hasta el día de hoy siguen llegando noticias a familias de Choatalum cada vez que los antropólogos forenses identifican una nueva osamenta.

En 2009, después de seis años de trabajo preparativo, trece años de paz firmada y treinta años de haberse instalado el terror en la comunidad, los vecinos de Choatalum, acompañados por organizaciones de derechos humanos, lograron la primera sentencia por desapariciones forzadas dictada por un tribunal guatemalteco. Felipe Cusanero fue sentenciado a 150 años de prisión por seis desapariciones forzadas, y aunque los vecinos saben que el número total de víctimas fue mucho más alto, Choatalum abrió un camino que sirvió para otros casos como El Jute, Fernando García, Molina Theissen e incluso los juicios por genocidio.

Don Hilarión se involucró de lleno en el trabajo por la justicia y representó a las víctimas como querellante adhesivo durante el juicio. Tanto los vecinos como los abogados del caso hablan de un señor comprometido y disciplinado que asistía a todas las reuniones y siempre llegaba puntual.

Don Hilarión llegó a los 80 años y seguía trabajando hasta el último día de su vida. En el velorio, su hija María detalló su rutina diaria: «Se iba a trabajar a las seis, almorzaba a las diez, cenaba a las tres, a las siete tomaba su refacción de atol o una pocilla de café con tres tortillas, y luego se iba a recostar». Su liderazgo venía de una convicción de servir y no servirse. Su misión era defender la dignidad humana, tanto de las personas que sobrevivieron la violencia como las que fueron exterminadas. Don Hilarión nació, vivió y murió humilde, sin otra pretensión más que conseguir un poco de justicia para su gente.

Hay una expresión que aprendí en Guatemala y que no se oye en el país donde nací. Dicen que tal persona no murió, se multiplicó. Dicen, cuando hablan de los muertos, que estamos en el aniversario de la siembra del señor o señora tal. Suelen hablar así de los grandes personajes, los que tuvieron acceso a la educación, los que salieron en los medios de comunicación, los que lograron importantes puestos en la iglesia o los que vivían decorados con prestigiosos apellidos.

Sin negar la importancia de las obras de otra gente y sin ganas de menospreciar lo doloroso que fueron sus partidas de este mundo, pocos de esos «grandes hombres» eran campesinos y pocos manejaban el arte de sembrar con tanta gracia como don Hilarión. Decía un vecino en el velorio que Hilarión le había repetido que no quería panteón, que no quería que metieran su cuerpo en un nicho. Don Hilarión quería ser enterrado en la tierra, quiso ser sembrado, y así fue. Su partida deja un vacío, pero deja también muchas semillas sembradas. Ahora nos toca asegurar que su ejemplo de vida se multiplicará.

Don Hilarión falleció en su casa el jueves 14 de marzo de 2019 y descansa ahora en el cementerio de Choatalum. Te vamos a extrañar, don Hilarión. ¡Gracias por todo!

Por: Aron Lindblom, asesor regional de Diakonia en Guatemala